Una de las maneras de vencer el miedo es con el humor, y nadie lo entiende mejor que la historia del cine de horror mexicano. Sinónimo de luchadores y monstruos, vampiros desvelados, momias en desbandada y pellizcables mujeres de ultratumba, el cine de horror mexicano, víctima de una ausencia de tradición y de tremendos tijeretazos presupuestales desde sus inicios, ha optado por divertir en vez de espantar.
La rica leyenda popular mexicana poco ha tenido que ver; después de todo ¿cuántas Lloronas se pueden llevar a la pantalla grande? No obstante en los años treinta hubo intentos serios, uno de ellos con la cinta Dos Monjes (1934), nacida en los albores del cine sonoro donde no quedaba más que experimentar. Película a cargo del prolífico Juan Bustillo Oro, que había comenzado su carrera en 1927 con Yo soy tu padre y que formó parte del grupo que lanzó a la Presidencia de la República a Vasconcelos en 1929.
El Vampiro es hasta ahora la única película mexicana de este género elogiada por la crítica internacional (sobre todo por la elite francesa) y un filme de culto en muchísimos otros países: ¡¿Cómo olvidar al magnífico German Robles degustando buen cuello?! Hoy en día existen 158 películas, 30 novelas, 120 novelas cortas, 19 series televisivas, 600 historietas y un musical en Broadway del personaje que prefiere un cóctel de hemoglobina, pero sin duda uno de los momentos más memorables de esta tradición es ver cómo el conde Lavud Duval (Germán Robles) se las arregla para siempre materializarse en la recámara de las damas.
Las secuelas no se hicieron esperar. Vino El Ataúd del Vampiro (1957), del mismo Méndez, donde Germán Robles se remueve la estaca para darle más lata a Abel Salazar. A partir de ahí Robles no se podría quitar el estereotipo del inquieto inquilino de Transilvania, aunque figurara en papeles diferentes, como lo hizo en Vampiros en Coyoacán (1973), donde personifica a un joven doctor que durante toda la película fuma una pipa apagada mientras espulga vampiros y secuaces, acompañado de sus amigos de dorada y sudada capa, Mil Máscaras y Superzán, quienes a cachetada limpia rescatan a la deleitable Sasha Montenegro (siempre en vaporosa pijama) de las garras del maléfico conde en turno (Carlos Ancira).
Con los luchadores y monstruos el cine de terror mexicano comenzó una verdadera batalla, pero no en el cuadrilátero, sino para hacer películas de un surrealismo chocarrero donde la incoherencia sería la mejor arma del director. Más de 50 filmes avalan esta churrería de terror artesanal a Rodolfo Guzmán Huerta, nacido en 1917 en Tulancingo, Hidalgo, y quien es mejor conocido como el Santo, el Enmascarado de Plata.
Con Carlos Enrique Taboada las películas de horror mexicanas alcanzarían gran aceptación en México y en el extranjero. Hasta el viento tiene miedo (1967) fue la primera película tipo ""horror gótico"" de Taboada, estelarizada por Marga López y Maricruz Oliver, entre otras. Aquí no hay luchadores ni monstruos: la tranquilidad de un internado para señoritas se ve interrumpida por el fantasma de Andrea, alumna que decidió suicidarse años atrás y que macabramente se va posesionando del cuerpo de Claudia para lograr su ansiada venganza. Al año siguiente Taboada tendría otro acierto con El Libro de Piedra (1968), una perspectiva poco original sobre la novela de Henry James, Otra Vuelta de Tuerca, y que sin embargo resultó un filme muy popular, sobre todo en el extranjero.
Sí, el cine de horror mexicano ha entretenido al público con su imaginación sui generis, y no se nos olvide que sin la imaginación el miedo no existe.
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